El Palasiet, un Queen Mary en tierra

  • El: 10.04.2013 13:44:27

Aquí estoy, detrás del biombo de mi timidez, desnudo de palabras, mudo de pensamiento. En mi aturdimiento, ya sólo me doy prisa para perder el tiempo. A mis pies les cuesta seguirme los pasos. Escribo bajo el influjo de un paraíso de los sentidos e inspirado por un lugar mecido por las olas del Mediterráneo. Royéndome el corazón, me apasiona residir en El Palasiet, ese extraordinario spa, que me recuerda a un barco de lujo anclado en Benicasim. Mi adjetivo mira por el balcón al mar, y el sujeto está relajado tras un hidromasaje con algas.

 

A ver si hoy me envidian algo, porque mientras me leen,m estaré dándome un tonificante baño en uno de sus programas termales. En el estupendo marco de El Palasiet existeuna atmósfera muy cinematográfica. En este lugar de cine me siento un extra de película de Visconti. Un espacio lúdico para vivir los sueños y soñar la vida.

En este entorno natural de ensueño, imagino en un rincón con un vaso en la mano a Arturo Pérez Reverte fabulando alguna historia. Este amigo escritor crea novelas estremecedoras, sentimentales, emocionantes y voluptuosas. Escribe como tose o como ama. Apasionantemente. Hay mucha literatura en sus tripas. En sus escritos caen rodando sus recuerdos por la escalera de la fantasía. Es uno de los faros más refulgentes de nuestra narrativa.

El pasado verano fue huésped de El Palasiet un cineasta de mucho fuste, Miguel Courtois. Desde que dirigió El Lobo, mis reservas de admiración hacia Courtois son ilimitadas.

Reducen en él los rasgos de su carácter rebelde e indómito. Mi blanco folio es como un papel de fumar en el que me lío y me enciendo. Echo chispas. No necesito cerillas, me quemo solo. Tengo vacío el cenicero. Ya no me atrevo a dar fuego a una mujer. Regalo mis puros a Javier Usó. El puro simpoliza poder. Me cuenta Melchor Miralles que en las películas el gángster enciende su pitillo con una mecha y lo apaga en el brazo de la víctima y que una mancha de lápiz de labios en el filtro es prueba de infidelidad. No fumo, pero bebo mucho cine. No concibo a Humphrey Bogart si no sujeta un cigarro entre los dedos. Hoy ya sólo fuman los malos de las películas.

Exterior. Día. Escenario: El Palasiet, Pablo Farnós no deja de sonreír, quizá sepa que la sonrisa es más barata que la electricidad, pero da mucha más luz. Mi folio se empapa de babeo, me quedo boquiabierto ante este escenario. Me agazapo. Me retuerzo. Me crujo. Me siento estupendamente charlando con Ingrid, Angelique, Julia, Lulú, Jacobo... en la cubierta de esta metáfora de trasatlántico amarrado en puerto. Observo a los huéspedes de este balneario. Algunos configurarían una fascinante película romántica donde se mojan con gotas del mejor melodrama. Mujeres y hombres, cual estatuas andantes, caminan por la pasarela de la terraza. En mis películaslas actrices aunque las filmen en blanco y negro, siempre las veo en technicolor. Mis mujeres de película no cruzan las pernas, las guinan. Se acerca una dama con solera, Lali Sánchez y su sonrisa brilla más que su exquisita elegancia, su personalidad arrolladora merece un respeto. Es una mujer ejemplar. Su esposo, Miguel Ortiz, es un caballero con aire de galán antiguo. En este cálido ambiente, huelo a amistad y afecto: siento emociones qeu mi rasposo adjetivo no acierta a calificar. Me rasco la chola para decir alguna nadería.

A Miguel le fascinan algunos diálogos de película...

- ¿Me recuerdas?

- Soy el tipo con quien dormiste la noche pasada

 

A mi también me noquean diálogos como:

- ¿Dónde estabas esta mañana?

- No recuerdo hace demasiado tiempo

- ¿Qué harás esta noche?

- Nunca hago planes con tanta antelación

 

Recuerda Almudena, hija de Lali y Miguel, una escena donde llega la mujer a casa y pilla al marido en plena faena amorosa:

- ¡Estás con dos mujeres en la cama!

- No, no es verdad

- ¿Cómo que no? ¡Te estoy viendo!

- ¡Pero mujer!, ¿vas a creer más a tus ojos que a mi?

 

A Treisi Farnós le apasionan diálogos tipo:

- Jhonny, ¿has estado enamorado alguna vez?

- No sheriff, yo siempre he sido camarero

 

No sólo me alimento de cine, en la cocina de El Palasiet se elabora, con exquisitos productos naturales, lo mejor de lo bueno. Un premio para el más exigente paladar. Excitada la imaginación y las glándulas salivales, suenan las tripas de mi cerebro. Cuando llega la hora de la cena. Ellas aparecen como vestidas por arquitectos del diseño: algunas se suben a unos tacones de aguja para que veamos mejor las gasas vaporosas de sus modelos.

La famila Farnós de los Santos (Chimo, Teresa, Pablo, Joaquín, Treisi, Antonio, Vicente...)con su afecto, esfuerzo y tesón ha afianzado el fermento, la esencia, la categoría de este hotel spa, que me recuerda a un Queen Mary en tierra. Cuando hablo de este lugar y de esta familia, la saliva engorda en mi boca y el corazón quiere callarse, pero no puede. Antes de echar este folio al cenicero, pienso que el tabaco, como el periodismo, hay que saber dejarlo a tiempo. Dejo por una temporada el periodismo y me refugio en el Palasiet a escribir mi próximo libro: ¡En manos de quien estamos! (un intento en dar a conocer mejor a nuestros políticos. ¡Vaya tropa!

No haré mucho ruido con las palabras, porque me ha dicho un hombre sabio, Joaquín Farnós, que la luz se ve mejor desde la sombra.